Teoría de la vida y de la inteligencia

Porqué pretendo escribir y teorizar sobre el origen de la vida y de la inteligencia conformada en un ser biológicamente animal?, y porqué me atrevo yo a expresar mi pensamiento?. Soy consciente de las muchísimas limitaciones que cada persona, en su particular estatus, tiene en relación con todo el mundo que lo rodea y engloba en un vivir social, imaginativo, profesional, tecnológico, teórico, ideológico, científico y mil y cien formas concretas en que la persona y su propia inteligencia desenvuelven en el transcurso de su existencia.  Por estas razones, por la tela-araña o red de combinaciones posibles, en lo que todo puede estar sujeto a infinidad de variantes, a la teorización y png-3afoto-de-teoria-da-vidadesenvolvimiento de una idea, no se puede estar sujeto a estrictas normas desenvueltas por personas exclusivas y dotadas de unos conocimientos profesionales que carecemos muchísimos pues, en la infinidad de variantes, las experiencias y valores inteligentes de muchas personas que carecen de una formación profesional y académica, pueden tener luces inteligentes que, sin el academicismo privilegiado, sean quién de estar más cerca de las realidades, tanto teóricas como científicas en un mundo donde se balbucea con teorías indemostrables.

Yo me encuentro en esta situación, en la de un ser adulto con experiencias propias, con formas concretas de vida, y careciendo de una formación, en principio académica, luego en muchas de las especialidades que, en el estudio y formación, se está en contacto con otras muchas necesarias para el complemento académico y profesional.  Al estar ausente e ignorante de los muchos saberes que se transmiten por personajes que inciden en el conocimiento de las materias en estudio, las formas y exposiciones, lógicamente, se alejan de ese rigor que caracteriza a la formación académica.  Pero afirmo, son tan válidas en el complemento general de lo ignorado, de lo científicamente indemostrable, de lo teórico o teológicamente pregonado.  No acudo por tanto, a los saberes plasmados en libros y revistas científicas, ni a las teorías y teologías de ámbito religioso, ni tampoco al legado conocido en ambientes académicos y elitistas sobre afamados pensadores y líderes.  Mi palabra y escrita, es sólo mía, no copio, no imito, ni me baso en nadie.

Para dar respuestas al pensamiento humano de: “el porqué de la vida?”, “quién la creó?”, “cuándo y cómo fue el principio?”, “qué es la muerte?”, “qué hay después de esa muerte?”, “a donde vamos luego de dejar la vida?”, etc., escribo y expreso mi pensamiento.

¿El porqué de la vida?

Escribo en una mañana de domingo sentado en el patio de nuestra casa, donde tenemos un pequeño jardín con cuatro hortensias que hace dos años nos regalara uno de nuestros hoy yernos,  eran muy pequeñas y ya se sabe que en un principio difíciles de que afianzaran su existir.  En este segundo año, están hermosas y muy abundantes, gracias a los cuidados y protecciones solares que mi esposa les presta pues, están en la parte del patio que más sol les da, y parece ser, que esa hermosa planta requiere protecciones ambientales.  En mis manos morirían, por muchos factores resultantes que en mi confluyen.  La vida luego, es el resultado de muchos factores que confluyen, tanto en la creación de vida, como en el deterioro y posterior estado en el que esa vida deja de existir.  Tanto el proceso de creación de vida como el de dejar de existir, se podría seguir minuciosamente.  De hecho, en los animales sobre todo, se experimenta con minuciosidad científica; por tanto, son los científicos dedicados al estudio del ser animal los que mejor pueden teorizar y probar la creación y muerte de la vida animal, inclusive la humana.  De hecho así es, y de cuando en vez, escuchamos o leemos lo que expresan científicos o teóricos de la teología religiosa en este aspecto.  Son los dos polos opuestos en un tema difícil de probar y menos de demostrar, a no ser que se valgan del malabarismo de las palabras en un intento interesado de llevarse el agua a su riego, sobre todo por parte de las élites conformadas al rededor del mito religioso y el “invento” de la palabra mágica: “Dios”.

Pero la vida es un hecho real, y la “inteligencia” también es un hecho real que se escapan a las teorizaciones y a los intereses de grupos o élites que a través de todos los tiempos, intentan patrimonializar ese hecho grandioso en un intento vano por dominar las fuerzas de la naturaleza, las fuerzas y vértebras de la vida, como si nuestro ser animal, dotado de una minúscula partícula inteligente, fuera quién de dominar toda una masa universal que contiene millones y millones de potencias que, para tener un mínimo conocimiento de alguna de ellas, requiere el desenvolvimiento inteligente, ordenado y graduado en el tiempo, en un muy largo tiempo, de cientos de generaciones de la hoy minúscula inteligencia humana, de la más viva y avanzada de los núcleos científicos.  Es por eso, que la vida es un hecho real, que la inteligencia es otro hecho real, y que nadie debe patrimonializar estos dos hechos.

Sabemos que venimos a la vida, sabemos que en algún momento la dejaremos o se nos irá, sabemos que vendrá nueva vida, y sabemos que las inteligencias desarrolladas en cada una de las mentes humanas, siembran nuevos conocimientos en un aporte colectivo al desarrollo cerebral-inteligente que, poco a poco, va conformando nuevos caminos, nuevos descubrimientos, nuevos saberes, nuevos usos, nuevas concepciones teóricas y prácticas que, a ojos vista de un tiempo relativamente corto del pasado, se nos hace inconcebible.

La persona humana, camina al ritmo del desarrollo inteligente.  En el momento que se hace presente en la vida, del día a día del colectivo humano, ese aporte “inteligente”, es codiciado para poner en uso y al servicio de una mejor forma en el vivir.  Esto, no sólo es exclusivo del desarrollo tecnológico de la materia, sino que también es un fenómeno que atinge al aporte teórico que aclare conceptos básicos de la existencia, que dé explicaciones a muchos comportamientos y creencias, que de razones a las incógnitas existenciales de la vida y de la muerte, y que aclare formas organizativas que mejor convengan a las colectividades de las personas.  Las personas necesitamos de “luces inteligentes” aportadas por otras personas de igual condición que despierten en nosotros, en todos nosotros, nuevas vías y formas que ayuden a comprender infinidad de comportamientos que se originan en la relación social de las masas.  Renunciar a la innovación, a la libertad de expresión, a hurgar en el debate teórico-filosófico, a hacer crítica y opinión sobre lo establecido, es renunciar al desenvolvimiento de la inteligencia, es postrarse como esclavos de una determinada teoría, de un determinado dictado o imposición, y también es renunciar a ser considerado una persona humana que precisa del respeto y de la colaboración social para, en el ámbito de lo social, desenvolver todos sus valores positivos en beneficio de lo particular y de lo común.

En mis conversaciones con mi esposa, los dos lo tenemos muy claro: la fe que pregonan las religiones más poderosas, es un sometimiento de la inteligencia de millones de personas a los dictados e intereses de unas oligarquías que se conforman en el uso de palabras clave y de hechos determinados que se escapan a la comprensión de las inteligencias poco desarrolladas.  Todos estos millones de personas que renuncian, –bien voluntariamente, bien presionados por el ambiente social en el que se vive- conforman ejércitos muy fáciles de manejar que operan al servicio de esas élites y de sus intereses, nunca será en beneficio de las masas porque, precisamente al renunciar al desarrollo de la inteligencia con los valores y armas de la palabra, de la libertad expresiva, del debate necesario, de la opinión o crítica expositiva, de toda forma que aporte visiones contrarias y contradictorias, las masas quedan sin recursos inteligentes propios, ahogando todas las posibilidades de desarrollar todos los valores positivos que en potencia cada persona tiene, empobreciendo su status particular y también el colectivo.  Sólo les queda el instinto de supervivencia que, como cualquier animal, lucha por triunfar en la pelea de las especies.  La pobreza mental que el hecho religioso provoca es tal, que las posibilidades de desarrollo de la inteligencia en el campo teórico-filosófico de las grandes masas organizadas en estados o naciones son muy reducidas pues, esas masas carecen de las libertades individuales y colectivas en un continuo peregrinar de lucha en lucha, guerra y más guerra que las élites, tanto político-económicas como religiosas, provocan para patrimonializar poderes materiales como teórico ideológicos.  El “vacío” intelectual o inteligente de esas masas, es la herramienta idónea que se utiliza para los intereses de esas élites que conforman mecanismos coercitivos para obligar a los más remisos o lúcidos a plegarse a los dictados y ensueños que las oligarquías pretenden perpetuar.

Las posibilidades de un dialogo racional, sincero, respetuoso, mínimamente inteligente y abierto a la comprensión y entendimiento de lo posible por parte de las personas imbuidas con la fe religiosas, con otras que aportan su parecer, sus convicciones, sus estudios, sus dudas, su libertad expresiva, son tan escasas que, de hecho, no se tienen ejemplos claros y continuados de ese debate en todas las formas posibles comunicativas.  En ámbitos familiares y núcleos reducidos de personas que conforman el pueblo, es casi imposible la existencia de ese debate pues, la palabra “Dios”, párrafos de la “Biblia o el Corán” y la “fe” impuesta, es toda la argumentación posible, en la que se atribuye a ese Dios lo escrito, revisado y leído por un ejército de escribanos que se colocaron interesada y cómodamente en la posición elitista y remunerada de “representantes” de ese Dios.  Los pecadores o ateos que no creen en nada no tienen posibilidad alguna de expresarse, de opinar en libertad, de discrepar de ese dios, de la fe de los curas, de la iglesia y de la misma historia que difunden y pregonan.

El confusionismo y desconocimiento de los valores propios, de los sentires e impotencias de lo humano ante el dolor y las incomprensiones, las infinidades de guerras que las gentes de lo común no entienden y que padecen en sus carnes más íntimas, las impotencias propias en lo social y administrativo en sociedades hereditarias, históricamente conformadas en estructuras piramidales donde, la base, la masa que sostiene y da vida a esas pirámides o élites oligárquicas, se refugian en su impotencia de la inteligencia poco desarrollada para crear por sí mismo el ilusionismo sentimental de seres superiores en los que poder desahogarse –con lamentos- las propias penalidades e incapacidades, y, las colectivas.  Se crea el mundo ficticio de lo posible, el ensueño que reconforte, se renuncia a pensar y a ejercitar el intelecto, a hurgar en las razones, en las realidades que pueden tener miles y millones de coordenadas, todas explicables.

La inteligencia es el ser fundamental de la persona humana.  Es la inteligencia la que nos conforma en personas, la que nos diferencia de los animales, la que nos da capacidades para desarrollarnos, es la que nos proporciona valores humanos o nos convierte en depredadores de la existencia.  Dentro del mundo cerebral inteligente se encuentran unas energías; esas energías beben y se alimentan de lo social, de la especie, del entorno, de lo familiar, de la etnia, del pueblo, de sus saberes inteligentes, particulares y colectivos, conforma en ese ser social su particular estado inteligente.  La energía que desprende la inteligencia, tiene dos polos opuestos y complementarios que conforman la personalidad del ser individual, es precisamente la complementación de eses dos polos –positivo o negativo- lo que hace que la inteligencia sea usada tanto para crear como para destruir, para cultivar en el cuerpo de la persona la envidia, la avaricia, el egoísmo, la maldad o lo obsceno, como para dotarnos de la sencillez e inocencia que la mayor parte de los niños nos ofrecen, del sacrificio y el dar de una madre que con su dolor nos trae a este mundo, del trabajar en respeto y continuado de muchísimos padres que pretenden asegurar futuros imprevisibles.

Cuando en la persona brillan con más intensidad las luces de la inteligencia positiva, su vida es más cómoda en lo íntimo, en lo familiar, en lo social, y desenvuelve con más celeridad valores potenciales de futuras nuevas vías, ingenios, inventivas y formas que, en lo común, en lo social, son quién de desenvolver y de poner al servicio de la colectividad.  Se concretiza la inteligencia y se suma a la herencia que iluminará nuevas vidas, nuevas inteligencias en un continuado relevo generacional.  Si por contra, las luces que más brillan en una persona, ya desde pequeños, son de tipo negativo, veremos la mentira, la falsedad, la presunción, el egoísmo, la avaricia, la envidia y toda forma que trata de rebajar al “otro”, de dominarlo, de expoliarlo, de usarlo y explotarlo, de hacerse grande e importante con el uso y abuso de los demás.  Estamos ante un depredador que no se saciará con nada; y el mundo está, estuvo y estará lleno de ellos porque aún no fuimos capaces, como personas e inteligentes, a crear un mundo humano y humanizado en todos los resortes existenciales de la vida.  ¿Puede alguien dudar de todo esto?.  Somos testigos diarios de todas las depredaciones que se cometen con dulces cantos y palabras muy engañosas.

En mi particular teorización de la vida y de la inteligencia, y para dar respuestas a los interrogantes que escribí en un principio de: “¿el porqué de la vida?”, “¿quién la creó?”, “¿cuándo y cómo fue el principio?”, “¿qué es la muerte?”, “¿qué hay después de esa muerte?”, “¿a dónde vamos luego de dejar la vida?”, diré lo siguiente:

EL_ORIGEN_DE_LA_VIDALa vida existe, no hay principio, no hay fin.  Somos parte de esa existencia en lo biológico y en lo inteligente.  Hay miles, millones, trillones…, de energías desconocidas a la mente e inteligencia que hemos desarrollado.  La muerte biológica es un producto de la naturaleza que lucha por mantenerse en vida.  El fruto que da la vida es lo que riega las arterias de la existencia, tanto humana como animal, vegetal o mineral.  Lo que no muere porque no tiene biología es la “inteligencia”.  Esta queda “impregnada” en los entornos inteligentes (personas) que tuvieran capacidades de asimilación.  De esta “impregnación” de la inteligencia se va conformando el saber, el escribir, el hablar, el transmitir, el comunicarse, el inventar, el disfrutar, el destruir, el aniquilar, el matar la vida misma y todo signo positivo o negativo que en herencia generacional nos transmiten o transmitimos a las futuras generaciones, en un proceso continuado en el que, de no triunfar las energías positivas del intelecto, la vida de la persona humana de este nuestro planeta, desaparecerá en partículas minúsculas en el océano del universo, donde pueda que alguna de esas partículas encuentre una tierra más fértil, y donde la inteligencia se desenvuelva más plenamente positiva.

El pensar en la muerte como un fin, o decir qué hay después de esa muerte; es banalizar y entregarse a los malabarismos de las palabras, sobre todo por parte de las oligarquías que dominan las creencias y fes religiosas.  En el momento que una persona contraría a uno de esos doctos, se percata que fallan las razones.  No habla la persona que se tiene delante, se acude a lo dicho o escrito por otros, añadiendo la palabra mágica ¡palabra de Dios!.  ¡Ahí está la gran mentira!, lo que escribimos los hombres o mujeres en cualquier tiempo y lugar, se saca del contexto en el que pudieron ser dichas o escritas –de ser ciertas- y unos, organizadamente, las amoldan a sus intereses del momento y de lo particular, dándole forma y manera que pase por ser un ser supremo –inexistente- el que las pronunció o comunicó a algún ¡”elegido”!.  Y esta forma confunde y perdura desde ya años y siglos.  ¿Dónde está la inteligencia…?.

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